OPINIÓN.- Leales como el manatí

Dicen que nuestros amigos nos conocen en la prosperidad y que nosotros conocemos a nuestros amigos en la adversidad. En un mundo de falsas amistades, cuando estamos “en buenas”, los adulones aplauden hasta nuestros bostezos, y cuando estamos “en malas”, no hacemos reír ni a una hiena. Por ello valoro toda expresión de amistad sincera.
La intensidad de la amistad no depende de la frecuencia con la que se comparte con el amigo, ni tampoco de la distancia entre ambos. Hay amistades eternas, aunque las personas se vean cada diez años y vivan en distintos continentes. Basta saber que el amigo está allí y que los dos están dispuestos en cualquier momento a escucharse, a darse la mano, a protegerse.
Un amigo fiel, como dice el Eclesiástico, es una defensa poderosa; quien lo halla ha encontrado un tesoro. Así las cosas, el que es incapaz de mantener y conquistar amistades debe revisarse urgentemente, pues su aislamiento lo convierte en un ser egoísta y amargado, y en ese estado, nadie hace el bien o piensa en los demás ni por error. Esa persona requiere nuestra ayuda para alejarla de su profunda y penosa pobreza espiritual y si no podemos cambiarla, debemos apartarlo de nuestro entorno, que tarde o temprano nos hará daño, porque la mala fe es contagiosa.
Cuando de amistad se trata, recuerdo siempre al manatí, que prefiere morir antes que abandonar a un compañero herido o en dificultades. Si alguno es alcanzado por el arpón de algún irresponsable, los demás lo rodean inmediatamente y tratan de auxiliarlo. Nunca lo dejan solo. Este mamífero acuático es un amigo de verdad.
Al manatí no le preocupa el peligro que corre con su noble acción, pues fácilmente puede ser la siguiente presa, ya que está desprevenido. La vida del otro manatí es más importante que la suya. Su prioridad es el débil. En el reino humano, a quienes actúan así los santifican.
La conducta del manatí es digna de imitar. Acerquémonos a quien necesite apoyo, a quien tenga su alma herida y su esperanza marchita, que una palabra de aliento o un gesto de amor puede ser la diferencia entre el éxito o el fracaso de un amigo.
Seamos como el manatí: solidarios, dispuestos a sacrificarnos por el prójimo, esté donde esté. Y si los problemas del amigo debemos sentirlos como si fuesen nuestros, sus triunfos también debemos considerarlos como propios. Una persona leal, aunque haya cometido errores, es un tesoro.

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