Nota enviada a Brinquito cruzando por Biran.-
Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que
a los niños no se les prestaba demasiada atención. Si los adultos hablaban
debían guardar silencio, si tenían una rabieta eran ignorados hasta que se les
pasara y si estaban aburridos se les daba vía libre para que se entretuvieran
como consideraran más oportuno. De hecho, el escritor inglés D.H. Lawrence
creía que lo mejor para el bienestar de los niños era no hacerles demasiado
caso. Tenía tres reglas para educarlos: “dejarlos en paz, dejarlos en paz y dejarlos en paz”.
Sin embargo, poco queda de aquel modelo de educación, hoy hemos caído de
lleno en un estilo de crianza que implica convertir a nuestros hijos en el
centro de nuestra atención, dándoles todo lo que desean cuando lo desean, sin
dilaciones. No hemos sabido encontrar un equilibrado punto medio. Esta
alarmante tendencia a la hiperpaternidad se puso de manifiesto primero en
Estados Unidos, donde se estima que 1 de cada 10 estudiantes ha sido educado de
esa forma.
¿Quiénes son los “padres helicóptero”?
Este término surgió en el año 1969,
cuando Haim Ginnott escribió en su libro Between Parent & Teenager: “mi madre sobrevolaba sobre mí como si fuera un helicóptero”. Más tarde, en los
años 2000, se retomó para hacer referencia a un fenómeno que se estaba
extendiendo entre las familias de clase media de los países más desarrollados.
Los padres helicóptero son aquellos que se preocupan excesivamente por sus
hijos, hasta el punto que su relación llega a ser tóxica. Este nuevo modelo de
crianza implica que los progenitores asumen un rol hiperprotector, quieren
resolver todos los problemas por sus hijos, y desean tomar todas las
decisiones, incluso las más intrascendentes. En práctica, es como si estos
padres siempre estuvieran sobrevolando a sus hijos, listos para emprender una
operación de rescate cuando noten el más mínimo signo de «peligro».
Obviamente, esta relación padre-hijo sobrepasa los límites de lo que se
considera psicológicamente saludable. De hecho, estos padres no conocen
límites, ni de edad ni de estatus social: pueden llegar a recriminar a los
profesores por las malas notas de sus hijos, aunque estos ya estén en la
universidad, o incluso pueden acompañarles a la entrevista de trabajo y se
enfadan si el entrevistador no les permite entrar durante la prueba.
Su objetivo en la vida es lograr que su hijo sea brillante y que logre todo
lo que desea, pero sin que tenga que esforzarse. ¡Eso ya lo hacen ellos! Estos
padres organizan la agenda de sus hijos, se encargan de eliminar cualquier
problema de su camino y siempre están pendientes de sus resultados.
Algunos de los detalles que desvelan a un
padre helicóptero son:
·
Hablan
siempre en plural, diciendo cosas como «¡cuántos deberes nos han puesto hoy!«, aunque en realidad los deberes son para el niño. No se dan cuenta
que de esta manera absorben la identidad del niño.
·
Híper
estimulan a sus hijos, llenándoles la agenda de actividades
extraescolares, con el objetivo de que estén «bien preparados para la
vida». Sin embargo, no se percatan de que así solo logran robarle su
infancia.
·
Encierran a
sus hijos bajo una campana de cristal, de
forma que se convierten en su voz, impidiéndoles que resuelvan sus problemas
con los demás. De esta manera, los hijos jamás llegan a desarrollar las habilidades
de resolución de conflictos que necesitan para mantener buenas relaciones
interpersonales.
·
Brindan una
gratificación instantánea, complacen en todo a sus
hijos, aunque tengan que hacer enormes sacrificios. Están siempre disponibles
para entretener a sus hijos, de manera que estos terminan creyendo que son el
centro del universo.
Consecuencias: Padres extenuados, hijos
incompetentes
Para los padres, ese deseo de ser perfectos en todo momento y tener que
lidiar con los problemas de sus hijos, puede llegar a ser extremadamente
agotador. De hecho, un estudio realizado por investigadores de la Universidad
de Washington desveló que las madres que asumían un estilo de crianza
hiperprotector estaban más expuestas a la depresión y el estrés, lo cual se
debe a que cargan sobre sus hombros un peso demasiado grande.
Por otra parte, esa tendencia a la hiperpaternidad solo consigue que los
hijos sean inseguros, miedosos, incapaces de tolerar la frustración, de tomar
decisiones por sí solos y de asumir responsabilidades. De hecho, el principal
problema es que como estos hijos sobreprotegidos nunca han tenido que poner a
prueba sus capacidades, no han desarrollado la confianza necesaria en sí
mismos.
Un caso extremo, contado por la escritora Eva Millet en su libro sobre la
hiperpaternidad, narra la historia de una estudiante universitaria que se quedó
encerrada en el ascensor de un centro educativo en Barcelona y, en vez apretar
el botón de alarma, llamó a su madre a Estados Unidos, la cual le avisó a la
sede central en Chicago, los cuales a su vez dieron parte a la sede en
Barcelona para que fueran a rescatar a la chica. Simplemente no era capaz de
resolver el problema por sí sola, y probablemente ni se le ocurrió. ¿Para qué?
Si siempre ha tenido a una madre que los resuelve por ella.
Otra investigación, realizada también en la Universidad de Washington,
analizó a 297 estudiantes de instituto cuyos progenitores podían catalogarse
como «padres helicóptero» y descubrió que estos adolescentes y
jóvenes puntuaban más alto en las escalas de depresión y ansiedad. Según estos
psicólogos, el origen de estos trastornos emocionales se haya en la
«Teoría de la Autodeterminación» según la cual, para que una persona
sea feliz y se sienta realizada, debe satisfacer tres necesidades: sentirse
autónoma, competente y conectada con otras personas.
Obviamente, la hiperpaternidad no satisface ninguna de estas tres
necesidades, al contrario, las limita. De esta forma, aunque los padres pueden
tener las mejores intenciones del mundo, en realidad terminan lastrando el
desarrollo emocional, intelectual y social de sus hijos.
¿Por qué se desarrolla este tipo de
hiperpaternidad?
·
Percibir al
hijo como una posesión valiosa. El hecho
de que las parejas tengan hijos a edades cada vez más tardías, a menudo después
de haberse sometido a varios tratamientos de fertilidad, hace que esos niños
sean considerados como una posesión muy valiosa que hay que cuidar a todo
precio. Así, los niños terminan siendo colocados en un altar, metafóricamente
hablando.
·
Presión
social por el cuidado de los niños. Hace
algunos años los padres intentaban compensar la falta de atención con los
regalos. Este fenómeno ha provocado una gran campaña a nivel social para evitar
a esos “padres emocionalmente distantes”, por lo que ahora hemos caído en el
extremo opuesto: padres excesivamente presentes que se desviven por sus hijos.
·
Incertidumbre
generada por la crisis económica. La
crisis económica ha generado una gran preocupación por el futuro, generando
sentimientos de precariedad y provisionalidad, los cuales han disparado el
miedo de los padres a que sus hijos se equivoquen y que no sean capaces de
lograr por sí solos todo lo que la sociedad les demanda. Por eso, intentan
acompañarles durante el mayor tiempo posible en el proceso de maduración.
·
Aumento de
la competencia social. En los últimos años la
sociedad ha tomado un cariz extremadamente competitivo, les exige cada vez más
a las personas que se insertan en el mercado laboral: más conocimientos, más
habilidades, mejores resultados… El temor de los padres a que sus hijos
fracasen y no puedan cumplir con esas exigencias les hace querer llevar su
mochila y asumir sus problemas. Por eso también llenan sus agendas desde
pequeños con decenas de actividades extraescolares que, supuestamente, les
prepararán para la vida.
La solución: Educar con mucho amor y una
buena dosis de sentido común
En cada etapa del desarrollo, las personas deben luchar sus propias
batallas. Los padres no pueden proteger a sus hijos por siempre ya que, tarde o
temprano, estos tendrán que enfrentarse a sus propios miedos y cometer sus
propios errores.
La tarea de los padres es guiar a los
hijos y ayudarles a lidiar con los problemas, no solucionarlos en su lugar. Si
asumimos todo el peso sobre nuestros hombros no estaremos criando a personas
preparadas para la vida sino a verdaderos discapacitados emocionales. Hay veces
en las que simplemente debemos cortar la rama y dejar que los hijos
vuelen con sus propias alas.
Si sospechas que tú también eres uno de esos padres helicóptero o estás a
punto de convertirte en uno de ellos, pon en práctica estos tres consejos:
1. Sé como un submarino, no asumas el rol del
helicóptero. En vez de sobrevolar la cabeza de
tus hijos y estar siempre presente, es más conveniente que te conviertas en un
submarino; es decir, que te mantengas fuera de su radar pero siempre atento por
si realmente necesita tu ayuda.
2. Practica la sana desatención. De vez en cuando, no pasa nada porque no puedas prestarle la atención
que quisieras a tus hijos. Tú también tienes una vida fuera de la familia, no
eres solo un padre o una madre. Y no caigas en el error de sobrecargar su
agenda de actividades, déjales tiempo libre para que ellos mismos aprendan a
gestionar las horas muertas.
3. Deja que cometa sus propios errores. Solo así aprenderá. Los errores son pasos fundamentales del aprendizaje y,
si son bien usados, fortalecen características como la perseverancia, la
autonomía y la autoconfianza. Solo si nos caemos y somos capaces de
levantarnos, confiaremos en nosotros. Ayúdale a levantarse, pero no evites
siempre que caiga.
a los niños no se les prestaba demasiada atención. Si los adultos hablaban
debían guardar silencio, si tenían una rabieta eran ignorados hasta que se les
pasara y si estaban aburridos se les daba vía libre para que se entretuvieran
como consideraran más oportuno. De hecho, el escritor inglés D.H. Lawrence
creía que lo mejor para el bienestar de los niños era no hacerles demasiado
caso. Tenía tres reglas para educarlos: “dejarlos en paz, dejarlos en paz y dejarlos en paz”.
lleno en un estilo de crianza que implica convertir a nuestros hijos en el
centro de nuestra atención, dándoles todo lo que desean cuando lo desean, sin
dilaciones. No hemos sabido encontrar un equilibrado punto medio. Esta
alarmante tendencia a la hiperpaternidad se puso de manifiesto primero en
Estados Unidos, donde se estima que 1 de cada 10 estudiantes ha sido educado de
esa forma.
cuando Haim Ginnott escribió en su libro Between Parent & Teenager: “mi madre sobrevolaba sobre mí como si fuera un helicóptero”. Más tarde, en los
años 2000, se retomó para hacer referencia a un fenómeno que se estaba
extendiendo entre las familias de clase media de los países más desarrollados.
hijos, hasta el punto que su relación llega a ser tóxica. Este nuevo modelo de
crianza implica que los progenitores asumen un rol hiperprotector, quieren
resolver todos los problemas por sus hijos, y desean tomar todas las
decisiones, incluso las más intrascendentes. En práctica, es como si estos
padres siempre estuvieran sobrevolando a sus hijos, listos para emprender una
operación de rescate cuando noten el más mínimo signo de «peligro».
considera psicológicamente saludable. De hecho, estos padres no conocen
límites, ni de edad ni de estatus social: pueden llegar a recriminar a los
profesores por las malas notas de sus hijos, aunque estos ya estén en la
universidad, o incluso pueden acompañarles a la entrevista de trabajo y se
enfadan si el entrevistador no les permite entrar durante la prueba.
lo que desea, pero sin que tenga que esforzarse. ¡Eso ya lo hacen ellos! Estos
padres organizan la agenda de sus hijos, se encargan de eliminar cualquier
problema de su camino y siempre están pendientes de sus resultados.
padre helicóptero son:
Hablan
siempre en plural, diciendo cosas como «¡cuántos deberes nos han puesto hoy!«, aunque en realidad los deberes son para el niño. No se dan cuenta
que de esta manera absorben la identidad del niño.
Híper
estimulan a sus hijos, llenándoles la agenda de actividades
extraescolares, con el objetivo de que estén «bien preparados para la
vida». Sin embargo, no se percatan de que así solo logran robarle su
infancia.
Encierran a
sus hijos bajo una campana de cristal, de
forma que se convierten en su voz, impidiéndoles que resuelvan sus problemas
con los demás. De esta manera, los hijos jamás llegan a desarrollar las habilidades
de resolución de conflictos que necesitan para mantener buenas relaciones
interpersonales.
Brindan una
gratificación instantánea, complacen en todo a sus
hijos, aunque tengan que hacer enormes sacrificios. Están siempre disponibles
para entretener a sus hijos, de manera que estos terminan creyendo que son el
centro del universo.
incompetentes
lidiar con los problemas de sus hijos, puede llegar a ser extremadamente
agotador. De hecho, un estudio realizado por investigadores de la Universidad
de Washington desveló que las madres que asumían un estilo de crianza
hiperprotector estaban más expuestas a la depresión y el estrés, lo cual se
debe a que cargan sobre sus hombros un peso demasiado grande.
hijos sean inseguros, miedosos, incapaces de tolerar la frustración, de tomar
decisiones por sí solos y de asumir responsabilidades. De hecho, el principal
problema es que como estos hijos sobreprotegidos nunca han tenido que poner a
prueba sus capacidades, no han desarrollado la confianza necesaria en sí
mismos.
hiperpaternidad, narra la historia de una estudiante universitaria que se quedó
encerrada en el ascensor de un centro educativo en Barcelona y, en vez apretar
el botón de alarma, llamó a su madre a Estados Unidos, la cual le avisó a la
sede central en Chicago, los cuales a su vez dieron parte a la sede en
Barcelona para que fueran a rescatar a la chica. Simplemente no era capaz de
resolver el problema por sí sola, y probablemente ni se le ocurrió. ¿Para qué?
Si siempre ha tenido a una madre que los resuelve por ella.
analizó a 297 estudiantes de instituto cuyos progenitores podían catalogarse
como «padres helicóptero» y descubrió que estos adolescentes y
jóvenes puntuaban más alto en las escalas de depresión y ansiedad. Según estos
psicólogos, el origen de estos trastornos emocionales se haya en la
«Teoría de la Autodeterminación» según la cual, para que una persona
sea feliz y se sienta realizada, debe satisfacer tres necesidades: sentirse
autónoma, competente y conectada con otras personas.
necesidades, al contrario, las limita. De esta forma, aunque los padres pueden
tener las mejores intenciones del mundo, en realidad terminan lastrando el
desarrollo emocional, intelectual y social de sus hijos.
hiperpaternidad?
Percibir al
hijo como una posesión valiosa. El hecho
de que las parejas tengan hijos a edades cada vez más tardías, a menudo después
de haberse sometido a varios tratamientos de fertilidad, hace que esos niños
sean considerados como una posesión muy valiosa que hay que cuidar a todo
precio. Así, los niños terminan siendo colocados en un altar, metafóricamente
hablando.
Presión
social por el cuidado de los niños. Hace
algunos años los padres intentaban compensar la falta de atención con los
regalos. Este fenómeno ha provocado una gran campaña a nivel social para evitar
a esos “padres emocionalmente distantes”, por lo que ahora hemos caído en el
extremo opuesto: padres excesivamente presentes que se desviven por sus hijos.
Incertidumbre
generada por la crisis económica. La
crisis económica ha generado una gran preocupación por el futuro, generando
sentimientos de precariedad y provisionalidad, los cuales han disparado el
miedo de los padres a que sus hijos se equivoquen y que no sean capaces de
lograr por sí solos todo lo que la sociedad les demanda. Por eso, intentan
acompañarles durante el mayor tiempo posible en el proceso de maduración.
Aumento de
la competencia social. En los últimos años la
sociedad ha tomado un cariz extremadamente competitivo, les exige cada vez más
a las personas que se insertan en el mercado laboral: más conocimientos, más
habilidades, mejores resultados… El temor de los padres a que sus hijos
fracasen y no puedan cumplir con esas exigencias les hace querer llevar su
mochila y asumir sus problemas. Por eso también llenan sus agendas desde
pequeños con decenas de actividades extraescolares que, supuestamente, les
prepararán para la vida.
buena dosis de sentido común
batallas. Los padres no pueden proteger a sus hijos por siempre ya que, tarde o
temprano, estos tendrán que enfrentarse a sus propios miedos y cometer sus
propios errores.
hijos y ayudarles a lidiar con los problemas, no solucionarlos en su lugar. Si
asumimos todo el peso sobre nuestros hombros no estaremos criando a personas
preparadas para la vida sino a verdaderos discapacitados emocionales. Hay veces
en las que simplemente debemos cortar la rama y dejar que los hijos
vuelen con sus propias alas.
punto de convertirte en uno de ellos, pon en práctica estos tres consejos:
helicóptero. En vez de sobrevolar la cabeza de
tus hijos y estar siempre presente, es más conveniente que te conviertas en un
submarino; es decir, que te mantengas fuera de su radar pero siempre atento por
si realmente necesita tu ayuda.
que quisieras a tus hijos. Tú también tienes una vida fuera de la familia, no
eres solo un padre o una madre. Y no caigas en el error de sobrecargar su
agenda de actividades, déjales tiempo libre para que ellos mismos aprendan a
gestionar las horas muertas.
si son bien usados, fortalecen características como la perseverancia, la
autonomía y la autoconfianza. Solo si nos caemos y somos capaces de
levantarnos, confiaremos en nosotros. Ayúdale a levantarse, pero no evites
siempre que caiga.


