Por Carlos Julio Féliz Vidal
Cuando niño llegué a sentir preocupación por dos grupos de individuos de los que estaba convencido que eran peligrosos: los estudiantes y los desconocidos.
Casi siempre que escuchaba un noticiciario radial que daba cuenta de un hecho negativo, la policía se lo atribuía a desconocidos o a estudiantes. En mi mente infantil saturada de esas noticias, tanto los estudiantes como los desconocidos eran «malas personas».
Fui creciendo y avanzando en la comprensión social; descubrí que yo me había convertido en un estudiante y que al mudarme a Santo Domingo para estudiar en la Uasd, también era para esa gran urbe un desconocido, sin embargo, no era una persona mala, sencillamente era un humano que amaba el conocimiento y que sabía que tenía un «sitial» en el mundo.
Atribuirle los crímenes a desconocidos y a estudiantes constituía una estrategia del sistema, primero, para reprimir a la juventud pensante, y, segundo, para justificar impunidades al proteger a individuos que formaban parte de las cloacas del Estado.
En todo caso, ni los estudiantes ni los «desconocidos» eran los verdaderos enemigos de la seguridad ciudadana, pero su mención condicionaba la opinión pública.
Matar a un estudiante o a un «desconocido» se hizo frecuente en el país.
Al estudiante se le vendió como a un rebelde y al desconocido como a un criminal, lo que podía justificar su eliminación selectiva, si era conveniente para justificar un discurso, un atropello o un crimen cometido por el sistema o personas descontroladas que contaban con determinada protección.
El enemigo a menudo no es aquél que nos dicen; el enemigo puede ser el que parece estar con nosotros, el que está llamado a protegernos, en quién confiamos.
En una sociedad en la que el delincuente puede hacerse policía y el policía tiene la tentación de delinquir, resulta difícil determinar quién es autoridad y quién ha dejado de serlo.
En una sociedad dónde el político se hace empresario y el empresario político, es difícil percibir el tráfico de influencia y el lavado de activos.
En una sociedad donde crece el irrespeto en la familia, es difícil determinar si un crímen es obra de un tercero o de un cercano.
El enemigo puede ser un mito construido a conveniencia, como atribuir la muerte de niños a las brujas para ocultar la falta de atención en salud pública.
El enemigo no siempre es visible, puede esconderse en una máscara de intereses, puede tener apariencia de santidad, asumir la protección de la víctima y en el fondo ser su verdugo.
El enemigo puede ser el tío, el padrino, el benefactor.
El enemigo puede ser uno mismo, cuando se coloca por debajo de las circunstancias.
El enemigo puede ser el fanatismo qué evita juzgar objetivamente la realidad.
El enemigo puede ser una persona, una institución o un cuerpo de creencias.
El enemigo puede ser el amigo que se deja usar como instrumento.
El enemigo puede ser la adicción que quebranta la voluntad, la ambición sin reparo moral, la postergación del cumplimiento del deber.
Al enemigo hay que conocerlo y afrontarlo, si se quiere vencerlo.
La regla es válida en la política, en los negocios y en la vida cotidiana.
Si al enemigo se le resiste, no tendrá más camino qué huir de nosotros. Este principio tiene fundamento bíblico y es base de terapias contra el miedo.
Aveces a quienes percibimos como enemigos no lo son, posiblemente en ellos tengamos el mayor aliciente para ganar batallas y guerras, para conocer mejor el material del que estamos hechos y retar nuestro potencial para el éxito.
