Por Rafael Damiron.-
Cincuenta años atrás ocurrió un fenómeno que cambió totalmente el perfil del ajedrez dominicano. Producto de la inactividad impuesta por el estado de guerra reinante en Santo Domingo, grupos de jóvenes en diversas barriadas de la capital se iniciaron en la práctica del ajedrez sin otra orientación que la de alguien cercano que por alguna circunstancia conocía los rudimentos del juego.
De repente esos grupos barriales fueron creciendo, y no era raro encontrarlos en las terrazas, marquesinas, aceras y parques, rodeados por decenas de curiosos observando admirados las maniobras y saltos de las misteriosas piezas. El rumor se expandió, y ya para el final de la contienda bélica de 1965, varios de los escasos ajedrecistas tradicionales se habían acercado a esos grupos de principiantes, quienes de ese modo fueron conociendo a los personajes y la jerga local del juego.
Antes de la guerra solo existían dos clubes de ajedrez en Santo Domingo: el Club Salvador Aristy (antiguo Club Presidente Trujillo) situado en el Parque Eugenio María de Hostos (antiguo Parque Ranfis), creado a principios de los años 50; y el Círculo para el Estudio del Ajedrez, fundado en 1962, situado en el piso 7 del Edificio Diez, en plena calle El Conde.
Los nuevos grupos ajedrecísticos surgieron dispersos por toda la ciudad: P4CD en San Antón; Alekhine en Ciudad Nueva; Las Torres en Villa Francisca; Los Alfiles en Don Bosco; Capablanca en La Esperilla; Federico Iglesias y Caballo Blanco en el Ensanche Ozama; P4R en Villa Juana. Paralelamente, en Santiago surgieron los clubes Maestro Sune y Jaque Mate.
La principal característica de estos clubes era su iniciativa y su capacidad de autogestión, y a pesar de que en esa época no existía apoyo oficial alguno, todos se procuraban por sí mismos lo necesario para mantener la actividad. Juegos, mesas, sillas, libros, y luego relojes y planillas, eran el resultado de la gestión personal de los miembros de cada club. Algunos llegaron a tener su local, otros practicaban en la casa de alguno de sus activistas, y en general, las acciones se iniciaban a media mañana, y duraban hasta entrada la noche.
Poco tiempo después surgió la idea de un campeonato interclubes, y así nació el Campeonato Nacional por Equipos, dándole al ajedrez nacional un espacio de confraternidad nunca visto.
Inexplicablemente, a pesar del desarrollo del deporte nacional y la disponibilidad de cuantiosos recursos de parte del estado y el sector privado, los clubes de ajedrez, así como el ajedrez en los clubes deportivos, gradualmente han desaparecido, convirtiéndose el ajedrez en una práctica esencialmente personal, y dependiente para todo de los fondos que logren captarse a través de la FDA.
La comunidad ajedrecística otrora emprendedora, ha degenerado en una masa coral que no cesa de reclamar que se lo provean todo, desde las piezas y los tableros, hasta el transporte, el alojamiento y la comida. No solo eso, sino que también es preciso premiar en efectivo hasta las divertidas omisiones y errores de los torneos blitz.
El retorno al ajedrez clubístico es una necesidad urgente si se quiere lograr un verdadero desarrollo y difusión del ajedrez en nuestro país. Con ello se fortalecería además la dirigencia, pues de los clubes surgirían los dirigentes provinciales y nacionales, capaces de buscar recursos, sin esperar que se los traigan. ADELANTE PUES, lo urgente es retornar a lo básico.
EN LA FOTO: Actividad cotidiana en el Club de Ajedrez Presidente Trujillo en los años 50. Tres campeones presentes: Juan Manuel Bonetti 1944 (Al centro, jugando); Alberto Malagón 1953 y 1968 (Sentado de espaldas, libro bajo el brazo); y Frank Sánchez 1955 y 1958 (Al fondo, jugando).

